El pasado 14 de junio de madrugada naufragó un viejo barco pesquero que llevaba hacinados en su interior 770 migrantes cerca de la costa de Grecia. Una avería en el motor detuvo el barco dejándolo a la deriva cuando se dirigía hacia Italia. El gobierno griego supo de la situación al menos 12 horas antes del naufragio pero decidió no intervenir. Las llamadas de auxilio fueron captadas por un yate de lujo que se encontraba en las proximidades y que se encaminó rápidamente al lugar del naufragio.
Fue este yate quien recogió a 100 supervivientes y algunos cadáveres y los transportó a un puerto griego ya que los guardacostas griegos no dispusieron de medios. En el naufragio murieron más de 600 personas, se estima que 100 de ellos niños que viajaban en la bodega con las mujeres que también murieron todas. A las pocas horas se dejó de buscar supervivientes o de recoger cadáveres y se consideró inviable acceder al pesquero porque estaba muy profundo.
El 18 de junio naufragó un pequeño submarino turístico que visitaba los restos del Titanic en pleno Atlántico. A bordo 3 millonarios que habían pagado 250.000 $ cada uno y dos tripulantes. A pesar de que la marina de EEUU sabía por sus escuchas que el minisubmarino había implosionado en profundidad, se puso en marcha un impresionante despliegue para el rescate. Intervinieron 4 países (EEUU, Canadá, Francia y Reino Unido), se emplearon aviones especializados de EEUU y Canadá, hasta 9 barcos, se utilizaron también robots para encontrar los restos, se eligió un mando de coordinación en Boston, se dio el pésame a las familias, ruedas de prensa, etc.
Mientras que la muerte de los migrantes pudo haberse evitado nada se hizo porque eran pobres, en el caso del submarino se despilfarraron medios y dinero porque eran ricos. Siempre sucede así el dinero y los medios públicos acaban en los bolsillos de los que más tienen.